viernes, junio 17, 2011

Delirios de persecusión

Me siento. Conecto el cargador de la computadora al tomacorriente. La enciendo. Abro Winamp, lo pongo en aleatorio. "Títere-Los Yonics". Tengo puestos los audífonos, pero algo debe escucharse, porque la tipa de junto, una sujeta con cara de malcogida, me ve con oprobio. No sé cuál es su problema, así que sigo en lo mío, mas con esa pesadez de sentir una mirada clavada en tu pantalla.

La malcogida estudia psicología o profesorado, porque habla de cronogramas y de niños de kinder 4. Cualquiera sea su carrera, pobrecitos pacientes/educandos: si tiene problemas con mi elección musical, no quiero pensar cómo le va a ir manejando niños.

Es día del padre. Me acuerdo de mi tata y me acuerdo de los Pet Shop Boys. Busco What Have I Done To Deserve This y bailoteo tanto como me lo permite estar aventada en el suelo del ICAS. Es decir, me limito a mover mi patita con emoción. La tipa no me quita la vista de encima y no hace esfuerzo alguno por quitar su cara de malcogidez. Entiendo que tenga desprecio por la música vernácula, pero no entiendo qué hay de odioso en la música de loca de clóset ochentera. De verdad que no entiendo. Opto, entonces, por bajarle volumen a la música (satánica), en aras de recobrar la paz perdida y poder seguir redactando mi documento del mal.

Después de mucho mover la patita, cambio la canción. Salen Los Diablos Negros a recordarnos lo emo de gran fracción de la música centroamericana. La tipa con cara de malcogida se pone de pie y habla ocho mil cosas que no puedo escuchar por encontrarme al momento procesando los gritos de un catracho mechudo en mis canales auditivos. Ella gesticula y asumo que familias enteras de ofidios salen de su boca. En definitiva ya no puedo concentrarme en la justificación del problema que pensaba terminar hoy. Me carcome la curiosidad de saber qué tanto protesta y sobre todo, si es conmigo. Digo, el drama es necesario en la vida y pelear con alguien nunca está de más. Es más, yo necesito pelearme con alguien con cierta regularidad. Me puede el morbo. Bajo el volumen. Alisto la lengua para soltar un muy bienavenido "bueno, hij'eputa, ¿Cuál es tu problema?". Me preparo. Alzo la vista. La malcogida ya no está, ella y su séquito de futuros profesores-psicólogos se han ido, llevándose consigo a la familia de ofidios, la mirada de malcogida y mis ganas de putear a alguien de puro choto. Qué feo.

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