jueves, agosto 11, 2011

Hello, hello, Charlie, hello

Ayer en la mañana desperté temprano y me puse a leer mis feeds. En Mental Floss publicaron un fragmento de It's Your 20th Anniversary, Charlie Brown. No lo pude resistir, mi corazón dio brinquitos y me hizo ver el video. Una cosa llevó a la otra y terminé viendo las historietas tributo a Charles Schulz, cuando la Asociación de Caricaturistas Americanos (puaj, costumbre gringa) decidió darle un reconocimiento póstumo por haber dibujado Peanuts durante cincuenta años, solo deteniéndose-literalmente- el día que murió. Muchas lágrimas. Es que lloro fácil.

Hablar del papel de Charlie Brown en mi vida es hablar de mi infancia y no queremos eso. Basta con decir que mi niñez tuvo voraces dosis de alegría y de miedo. La única cosa que permanecía inmóvil era el librito de capa color mostaza en la que una niña abrazaba a un Beagle. Luego vinieron otros libros, otras casas, otras cajas de mudanza, otros vecinos y otra mortal timidez de decir "hola". Otro miedo de que alguien me moviera la pelota cuando estaba a punto de pegarle y que eso me hiciese caer sobre mi espalda.

Aparecieron entonces los amiguitos raros con creencias raras que no creían en Navidad. Empezamos a comprar El Diario de Hoy los domingos solo por ver esa historieta que en sus páginas se llamaba Rabanitos y en mis libros, Peanuts. Lo esperaba con emoción. Los domingos de levantarse temprano, de que mi papá tocara la puerta para explicarme todo lo que podía explicarse sobre el fútbol. Domingos de comprar el periódico, los periódicos, para leer a ver si es que ahora Peppermint Patty iba a estar despierta en clase, si Lucy iba a lograr que Snoopy no la besara o si Charlie iba lograr -por fin- pitchear bien.

Entonces uno crece y aparecen las pequeñas pelirrojas (o su equivalente masculino) y una, como Charlie Brown, le pregunta a su Linus más cercano que cómo se iba a fijar ella (él) en una, si una no era nada. Vino la hora del almuerzo y el mirar al otro lado de la cafetería. Aparece esa cosa, la única capaz de quitarle todo el sabor a un emparedado de mantequilla de maní. Aparecen las canciones tristes, esas que uno no puede dejar de escuchar:


Para entonces ya transmitían The Charlie Brown and Snoopy Show en Nickelodeon. Era a las seis de la tarde. Lo veía siempre. Ahí vi muchos de los especiales, traducidos ahora al español, pero siempre con Charlie sonrojado, Charlie perdiendo, Charlie siendo objeto de burla, Charlie siendo eso que tanto miedo me daba ser pero que sabía era mi destino, por mucho que lo evitase. A la fecha lo sigo evitando. Pocas veces lo he tenido que enfrentar. Mientras veía los homenajes de otros dibujantes, como el de Olafo, de Garfield, de Family Circus o Cathy al niño de la cabeza redonda y su Beagle, recordé la tonada de You're In Love, Charlie Brown y no la encontré suelta. Heme acá, descargando un torrent de 15 GB solo para escucharla de nuevo. Play it again, will you?

Yo no tuve un perro de pequeña. La mía fue más como la niñez de Calvin en ese aspecto, con amigos imaginarios tan reales que podrían haber redescubierto el mundo conmigo nientras nos deslizábamos sobre un trineo. Mi vida no es la de Charlie porque logré ser Lucy tan pronto me di cuenta que mi cabeza no es redonda y que no tengo un Beagle. A los diecisiete años me robé un llavero de Woodstock; que al final alguien me rompió. A los diecinueve compré mi última agenda de Charlie Brown. Fue la última, porque a pesar de querer a Snoopy, no tengo con él la misma complicidad que tengo con Charlie y en todas las agendas ves al chucho de sonrisa torpe diciéndote que el 8 de septiembre se celebra el Natalicio de María, o que el 2 de noviembre es el día de los Fieles Difuntos. Y mi onda no es con Snoopy, mi relación es con Charlie Brown.

En la tarde descargué A Boy Named Charlie Brown y no he podido verla porque mi hermano está conmigo. Él tiene trece años y cuando le conté extasiada que estaba descargando todos los episodios de Charlie Brown me dijo "no sé quién es él". Reconoció a Snoopy, pero no a Charlie. Quise haber tenido mis libros, uno a uno perdidos en alguna de las quinimil mudanzas de mi vida. Quise mostrarle la bondad de un niño a quien todo le salía mal, de quien todos se burlaban, pero que no perdía la limpieza del espíritu, la capacidad de sonrojarse o de no enojarse con la vida al ver que cada día le toca comerse en emparedado tieso o que cada día de brujas le dan piedras en lugar de dulces. Quise mostrársela y no tuve cómo. Algo en mí se rompió. Desde entonces, exceptuando una salida a cenar, soy un mar de lágrimas.

Intento explicarme por qué lloro. Puede que sea porque la manera en que la vida te quita la inocencia es muy cruel. Puede que sea en añoranzas de tiempos más sencillos. Puede que sea porque note que los miedos de la infancia son los mismos, pero adaptados a la coyuntura actual. Puede que sea porque Charlie no merecía tanto ni tampoco merecía menospreciarse tanto. No lo sé. Puede que llore por Charlie Brown, puede que llore por mí, puede que llore por lo inexorable de la muerte de todo. O puede que llore por mí a través de Charlie Brown, porque estuvo en mi librera por casi cinco años sin que yo llegara a decirle "hola" hasta ahora que Mental Floss tuvo a bien recordarme que no estoy muerta por dentro.

Al volver  de la cena, encendí la tele y vi las noticias. Edificios se queman en Londres, estudiantes reclaman en Chile. No sé cómo voy a hacer para sobrevivir este mes que viene. Todo sube de precio y el mundo se va al carajo, pero vine a casa, di click a un video y de repente Charlie, Lucy y Linus están acostados sobre la grama, diciendo que podrían pasar todo el día solo viendo pasar las nubes. Todo ahí sigue tan prístino y tan impoluto como antes. Y yo debería visitar a Charlie más seguido.

Si hay un Cielo, espero que Charles Schulz esté ahí. Quiero creer que en alguna dimensión es posible abrazarle y decirle "gracias", porque él era Charlie Brown:

Charlie Brown trajo a mí, entre otras cosas como el entendimiento de las cuestiones básicas de la vida, el amor por las melodías tocadas en piano. E Ingrid Michaelson supo mezclar las dos cosas muy bien. Hello, hello, Charlie, hello.

3 comentarios:

Bolux dijo...

Los miedos de la infancia son los miedos de siempre ,{cumazo} cuando uno encuentra algo que lo hace mas mejor {/cumazo} es bueno tenerlo como herramienta para poder seguir adelante... sin que un rio lleno de mierda acabe con voz.

me gusto la voz de la profesora, es como la voz que escucho cuando alguien me dice algo ofensivo y estoy conciente...

Aniuxa dijo...

De chiquita lo leía, pero creo que no lo entendía. Es la ironía pura. Lo amo y es de mis caricaturas favoritas. Uno lo lee y siempre dice mucho. Además pienso que por ejemplo, Mafalda, le debe mucho a Charlie Brown

gabi dijo...

A mí me causa una gran impresión el pajarito: Woodstock. Sobre todo porque en castellano se llama Emilio. <3