jueves, septiembre 22, 2011

De la viabilidad de un eventual triunfo del FMLN por la vía armada durante el conflicto civil de El Salvador entre 1981 y 1989


Para quienes están conscientes de la cercanía (y virtual paralelismo) del accionar del Frente Sandinista de Liberación Nacional (en adelante FSLN) y el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (en adelante FMLN) es inevitable preguntarse en algún momento si el triunfo de la revolución salvadoreña habría sido provechosa, especialmente después del triunfo de la Revolución Sandinista. La pregunta también surgirá eventualmente en cualquier militante o simpatizante de izquierda en El Salvador, pero ésta es muy difícil de responder, dada la diversidad y complejidad que caracterizaron a las diversas coyunturas que influenciaron el conflicto y las indiosincrasias de la unión de fuerzas que conformaron el FMLN. 

Para efectos de comprensión, evitaré detenerme demasiado en describir de las diversas coyunturas internas (hablar de los eventos externos requiere un análisis más profundo y extenso, para el cual este espacio no se presta) que tuvieron a lugar entre 1981 y 1989 para hacer referencia únicamente a los aspectos que podrían haber afectado una gestión gubernamental por parte del FMLN posterior al triunfo por la vía armada. Asímismo, dividiré mi exposición en cinco puntos que considero neurales para la valoración de la viabilidad de un triunfo revolucionario en El Salvador: las coyunturas internas en sí, las características de la comandancia general del FMLN; las relaciones de poder dentro de las distintas fuerzas y de éstas entre sí, el "compromiso" de los liderazgos de las mismas y el problema de la equidad de género dentro del mismo movimiento.

Desde que se pregunta si habria sido "bueno" el triunfo revolucionario en El Salvador se está cayendo ineludiblemente en la emisión de un juicio de valor. Más que bueno, hay que preguntarse si habría sido viable. La idea de "el triunfo", ya sea por el FMLN o por analistas afines, fue considerada tangible en tres momentos: durante la primera Ofensiva General, en enero de 1981; posterior a la revitalización de las organizaciones sociales entre 1985 y 1988 y finalmente en el contexto de la Ofensiva Final en 1989.

·        Coyunturas internas

En 1981, la falta de armamento suficiente para armar a la totalidad de insurgentes, así como la represión de la que fue sujeto la ciudadanía  post-fundación de la Coordinadora Revolucionaria de Masas y el asesinato de Monseñor Romero, coartaron la posible insurrección popular y esto lo reconoce el mismo FMLN[i]. Sin embargo, es después de esta primera ofensiva y antes del inicio del siguiente momento en nuestra línea de tiempo que el FMLN logra consolidar teatros de operaciones con vasto apoyo popular, lo cual permitió, en el caso del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP, en adelante), la creación de batallones de más de mil hombres[ii].

El segundo momento, entre 1985 y 1988, se vio marcado por un resurgimiento de la actividad sindical tras la fundación de la Unión Nacional de Trabajadores Salvadoreños (UNTS) y por el descontento, tanto de la empresa privada como del ciudadano, ante la gestión del presidente “demócrata-cristiano” José Napoleón Duarte. Sin embargo y en lo militar, este período fue caracterizado por un cambio de estrategia enrumbado hacia la guerra de guerrillas en respuesta a la mayor injerencia estadounidense en el conflicto, lo cual requería mayor movilidad tanto de las masas como de los cuerpos armados. Esto se percibió en más de algún momento como un verdadero entrampamiento de la vía militar del conflicto, siendo el FMLN incapaz de responder al verdadero hervidero social que se tenía en el sector de la organización obrera. Esta percepción habría de mantenerse hasta la Ofensiva Hasta el Tope, iniciada el 11 de noviembre de 1989 y que eventualmente forzó el verdadero diálogo que daría pie a la firma de los Acuerdos de Paz en Chapultepec.

·        Características de la Comandancia General

Wright Mills[iii] afirmaba que para conocer las relaciones políticas de una sociedad, bastaba con estudiar a sus élites. En el contexto de la izquierda revolucionaria, los mandos de las distintas fuerzas que conformaron el FMLN podrían considerarse élites. Dada la naturaleza clandestina de la militancia de izquierda, todas las estructuras de mando del FMLN eran cerradas, cuando no herméticas. Desde su conformación, la Comandancia General habría de estar conformada por: Jorge Shafick Handal, representante de las Fuerzas Armadas de Liberación (en adelante FAL), brazo armado de Partido Comunista (PC);  Joaquín Villalobos, del ERP; Roberto Roca, del Partido Revolucionario de Trabajadores Centroamericanos (PRTC); Fermán Cienfuegos, de las Fuerzas Armadas de la Resistencia Nacional (FARN), brazo disidente del ERP post-asesinato de Roque Dalton, y Salvador Sánchez Cerén, actual Vicepresidente de la República, representando a las Fuerzas Populares de Liberación (FPL). La nula rotación de mandos en la Comandancia Central, así como los mismos conflictos de personalidad dentro de la misma, volvieron a este organismo poco receptivo a las sugerencias de sus propios mandos medios y en muchas ocasiones se suscitaron verdaderos entrampes ideológicos (por ejemplo, fuerzas de enfoque maoísta como el FPL habrían siempre de chocar con el acercamiento marxista-leninista que tendría el ERP a la hora de abordar el cambio de guerra de baja intensidad a guerra de guerrillas) que si bien no pusieron en riesgo la integridad del conflicto, sí hubiesen tenido mayor peso si se traspapelaban a una verdadera gestión estatal.

Se asume que habría sido la Comandancia General quien asumiría el mando del país ante un inminente triunfo por la vía armada. Se mencionó en diversos comunicados que al lograrse éste se convocaría a elecciones libres a la brevedad, mas la historia de las demás izquierdas que llegaron al poder mediante el derrocamiento de los regímenes antecesores nos enseña que esto no siempre es verdad. Partiendo de la composición de posguerra de la cúpula del FMLN, dominada claramente por elementos del ex PC por motivos a abordar posteriormente, asumo que la sola decisión de convocar comisios habría sido difícil de tomar. Es en este momento que se esperaría la intervención del Frente Democrático Revolucionario (FDR en adelante), brazo “político” por autonomasia del FMLN durante el conflicto armado, pero, basándome nuevamente en la observación de la evolución post-conflicto, tiendo a creer que éste sería finalmente desplazado por los representates más radicales de la Comandancia (a la sazón, Sánchez Cerén y Handal), volviendo más factible un posicionamiento en el poder por parte del FMLN a una convocatoria abierta a comisios libres.

·        Relaciones de poder dentro de las fuerzas y entre sí

No es de extrañar que los brazos armados más antiguos –ERP y FPL- fuesen también los más numerosos. Gran parte de las dinámicas del conflicto se basaron en la correlación de esfuerzos entre estas dos organizaciones. Dada la misma evolución de la confrontación armada, el FMLN contó con cinco teatros de operaciones definidos: Chalatenango (FPL); Morazán (ERP), Guazapa (FAL), Usulután (ERP, RN) y Cabañas-San Vicente (PRTC), sin que esto significase que grupúsculos de cada facción no estuviesen presentes en todo el territorio nacional. Esta clasificación ignora a “La Metro” o Área Metropolitana de San Salvador (AMSS), territorio compuesto por trece municipios adyacentes a la capital y consignado principalmente a comandos urbanos de todas las facciones del FMLN, así como sindicalistas. Sin embargo, esta división de teatros da una idea de las relaciones dentro del mismo mando central: los territorios más amplios, los del norte, fueron otorgados a los cuerpos armados más numerosos.

A pesar de tratar de operar con la mayor independencia posible dentro de sus propios teatros, los grupos armados más pequeños (PRTC, FAL, FARN) habrían siempre de ceñirse en alguna medida a las directrices del ERP y las FPL. Esto habría de trasladarse también en tiempo futuro a la composición política del FMLN ya como partido legalmente inscrito. Fueron en realidad los mandos medios de todas las fuerzas y no los de la Comandancia Central quienes ocuparon alcaldías y diputaciones, así como también comisiones dentro del mismo partido, en aparente relego ante las aspiraciones políticas de los exmiembros de la Comandancia (digno de mencionarse es el cisma de 1994 que habría de resultar en la dramática salida de Joaquín Villalobos, a abordarse posteriormente); a excepción de la candidatura presidencial en 1999 de Facundo Guardado y Nidia Díaz, comandantes dentro de sus fuerzas, mas no miembos del mando central. El fracaso de esta terna desencadenaría la segunda gran ruptura dentro del FMLN, tras quejas de excesivo verticalismo en la estructura del partido ya dominado por Handal y Sánchez Cerén, representantes de las alas más radicales de la izquierda. A partir de esta subyugación sempiterna a las fuerzas mayoritarias, se puede discernir que nunca existió una correlación de fuerzas como tal, sino verdaderas pugnas que habrían de relucir prontamente ante la obtención de un triunfo por la vía militar.

Debido a la naturaleza de la consolidación de las izquierdas revolucionarias, todo atisbo de incorformidad con las directrices del mando central es percibida como “falta de entereza revolucionaria”, “alienación” y demás calificativos radicales. Ante estos, las respuestas fueron también radicales: desde los castigos con cárcel a los mismos compañeros, las expulsiones y los ajusticiamientos. Estos últimos fueron particularmente importantes en la historia de las FPL, cuyo liderazgo no escapó a pugnas de poder, resultantes en el asesinato en Nicaragua de Mélida Anaya Montes y el posterior suicidio de Cayetano Carpio, autor intelectual de la muerte de su compañera y rival. Sánchez Cerén y el resto de la Comandancia Central fue también responsable por omisión del espeluznante precendente de Mayo Sibrián, comandante también de las FPL, acusado de ajusticiar y torturar a más de seiscientos combatientes bajo acuse de traición. Ni Sánchez Cerén ni la Comandancia hicieron más que crear comisiones  fútiles para la investigación de los hechos y los subordinados a Sibrían no denunciaban por encontrarse bajo verdadero pánico de su superior. Esto era visto como “rectitud revolucionaria”. Si todo grupo es un microcosmos del universo de la realidad, no existen bases para suponer que en algún momento posterior al triunfo armado estas relaciones de sometimiento y abuso del poder no se habrían repetido ya sea entre las fuerzas que conformaban el FMLN o entre comandantes y combatientes.

·        “Compromiso” de los liderazgos

Miguel Castellanos, miembro del mando central de las FPL, es capturado en combate en 1985. Encontrándose en cautiverio, decide colaborar con las FAES, traicionando así a la izquierda armada. Si bien no fue la primera ni la última traición acontencida dentro del FMLN, el hecho de que ésta proviniese de un miembro del mando central de una de las fuerzas que le componían vulneraba particularmente al grupo armado mayoritario del FMLN, sus mandos, sus transacciones y sus acopios de armamento. A pesar de haber sido ajusticiado posteriormente, la influencia del caso Castellanos habría de perdurar en la organización. Es en este momento en el que se vuelve forzoso hablar del caso de Joaquín Villalobos.

La historia oficial cuenta que al inscribirse el FMLN como partido político,  mientras Handal y Sánchez Cerén decantaban por seguir el sendero de la izquierda ortodoxa (como eventualmente ocurriría), Villalobos abogaba por la socialdemocracia. Ante la inflexibilidad de los anteriormente mencionados, Villalobos abandona el FMLN y emigra definitivamente a Inglaterra, donde concluiría estudios en la Universidad de Oxford y se convertiría en un acérrimo crítico de la izquierda no solo nacional, sino latinoamericana. Esta es la historia oficial. La que se murmura, sin embargo, es más tétrica y habla de un Villalobos que trabajaba juntamente con las FAES –y en concreto con el Coronel Mauricio Ernesto Vargas – desde 1984; llegando aun a afirmar que su primera acción en coordinación con el coronel fue el atentado con dinamita a un helicóptero de la FAES, el que causaría la muerte al Teniente Coronel Domingo Monterrosa Barrios, responsable de la Masacre de El Mozote. El grado de afección que significó la traición de Villalobos y su supuesto trabajo con el Ejército inclusive durante la guerra hace posible afirmar que el mismo se habría expeditado en un contexto de triunfo por la vía armada.

Luego del cisma de 1994, el mando del ERP prácticamente se desbandó. Lo mismo sucedió con las cúpulas del RN y PRTC. Las fuerzas que perseveraron y permanecen aún dentro de las estructuras de poder del FMLN son fundamentalmente quienes combatieron en las FPL o FAL y que permanecieron fieles ya sea a Sánchez Cerén o a Handal. Es Handal y no Sánchez Cerén quien tuvo siempre –y de manera evidente- el control del FMLN tras la partida de Villalobos, por lo que es prudente afirmar que sin Villalobos en el mapa y con Handal a la cabeza de una izquierda triunfante, la benevolencia de un triunfo revolucionario quedaría en entredicho.

·        El asunto de género

Las izquierdas, por revolucionarias y progresistas que afirmen ser, están condenadas a repetir los patrones de las sociedades que las conciben. Estimaciones afirman que solo el 13% de combatientes eran mujeres y que en su mayoría se veían relegadas a desempeñar roles acordes a su género: radistas, enfermeras; etc. Incluso dentro de las FPL existen testimonios de reservas del mando central a la hora de otorgar a una mujer el papel de comandante, cosa que, cuando ocurría, solía ser post-mortem. No conozco denuncias similares dentro de las otras cuatro fuerzas que conformaron el FMLN, mas era realmente difícil hablar de las posibilidades de una mujer de ser comandante cuando se le marginaba a roles preestablecidos por la sociedad que se pretendía cambiar. A su vez, combatientes que resultaban embarazadas eran enviadas al exilio, cuando no eran obligadas a abortar. Es mucho más difícil, entonces, suponer que esta subyugación al “orden preestablecido” se revertiría al lograrse un derrocamiento del gobierno en turno.


Habiendo revisado los elementos que influenciarían la gestión de la izquierda armada post-triunfo “revolucionario” en El Salvador concluyo que sería muy, muy aventurado afirmar que éste habría sido “bueno”, tomando en cuenta el impermeabilidad de criterios en cúpula central, las relaciones de poder entre las fuerzas que conformaban el FMLN; la repetición de los roles de género en sus organizaciones y las mismas ansias de poder de sus mandos. Quedará para posterior discusión el análisis de la benevolencia de su gestión como institución política desde lo que aventurada y desvergonzadamente osan llamar “izquierda”.


[i]  Referencia a lo “verde” del movimiento popular durante la Ofensiva de 1981, véase López Vigil, I; “Las mil y una historias de Radio Venceremos”.
[iii] Véase Wright Mills, C; “La élite del poder”.

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