lunes, octubre 10, 2011

11:50

Exactamente a esta hora hace veinticinco años, mi papá estaba dormido justo en esta habitación. Estaba en shorts y sin camisa, había dejado encendido el minicomponente para escuchar el noticiero de la KL.
Iba a almorzar solo, planeaba ir al Tío Pollo que quedaba dos cuadras abajo del apartamento, pero iba a ir después del noticiero de los deportes. Mientras tanto, dormía.

Hace veinticinco años mi papá tenía veinticinco años, edad que yo tendré en marzo. A él le faltaban dos días para cumplir los veintiséis, llevaba poco más de un año de casados y su esposa tenía cuatro meses de embarazo. Él trabajaba en RAF para costearse la casa, el matrimonio y la universidad. Hoy hace veinticinco años fue viernes. Yo era un feto. Mi papá era un señor con responsabilidades.

Mi mamá, hace veinticinco años, tenía veintitrés, le faltaba poco más de un mes para cumplir los veinticuatro. Tenía cuatro meses de embarazo y ella estaba vestida de azul marino en San José Villanueva, La Libertad. Acababa de vacunar a un niño y estaba por salir de la Unidad de Salud en la que trabajaba para ir a almorzar. Planeaba comprar una tuza Lido y medio litro de leche, lo único que toleraba a esas alturas del embarazo. Veintitrés años tenía, le faltaban dos semanas para cumplir año y medio de casada. Era enfermera desde hacía casi dos y estaba embarazada.

Para cuando empezó a temblar, mi papá se hizo el indiferente; ni siquiera se levantó de la cama. A diferencia de los temblores normales, el de ese viernes fue "brincado", así que al tercer movimiento, la cama expulsó a mi papá y lo contraminó a la pared. No se pudo levantar sino hasta que dejó de temblar.

Mi mamá estaba bromeando con la enfermera de recepción cuando empezó a temblar. Ella creyó que se le había bajado la tensión, pero cuando vio que todo brincaba, alcanzó a pararse bajo el marco de la puerta y esperar a que pasase. Nunca le tuvo miedo a los temblores y habría de permanecer incólumne ante ellos hasta que un temblor más suave, veinte años después, la encontrase con las manos en un hipotálamo, sin opción de moverse. Cuando terminó el temblor y encontrar un radio Panasonic de pilas, escuchó que edificios en San Salvador se habían caído, así que pidió permiso e intentó regresar a la capital. Salió de San José Villanueva a la una de la tarde.

Cuando mi papá logró caer en cuenta que esto era un terremoto, escuchó cosas caer y vidrio quebrarse. Asumió que la alacena le había caído encima a la mesa de comedor, que era de vidrio. Pensó en retarle a mi mamá por no haber elegido uno de madera. Logró levantarse, esconder las cosas comprometedoras, agarrar sus vinilos de Queen, meterlos en una bolsa y tomar sus documentos. Bajó las gradas del edificio y no podría subirlas de nuevo en al menos cuatro días.
Mi papá tenía veinticinco años, un matrimonio, un feto en camino, una carrera, un trabajo de subsistencia, muchas cosas qué esconder y un terremoto en su haber.

Las piedras habían obstruido la carretera entre La Libertad y San Salvador. Mi mamá, flaca e hipotensa y embarazada, tuvo que caminar para llegar a la capital. Caminó con un señor que ella cree que conocía de algún lado, pero cuyo nombre no recuerda. Veintitrés años, embarazada y vestida de enfermera, caminando durante horas bajo el sol y los talpetates que podrían desplomarse en cualquier réplica.

A mi papá le dio un ataque de nervios cuando los soldados le dijeron que iban a subir a inspeccionar todos los apartamentos. Se desmayó. Por dicha, no entraron a las habitaciones y se limitaron a ver el comedor quebrado y la radio encendida, que ya daba las noticias de la KL. Le tocó esperar a mi mamá en la calle y mientras lo hacía, entabló amistad con una mujer que habría de tener una enormísima influencia en nuestras vidas: una maestra de la guardería de la esquina, cuyo teléfono funcionaba y mediante el cual comprobó que mi mamá venía en camino. Mientras esperaba y se aseguraba mantas para dormir, se puso a curar golpes leves.

Mi mamá apareció cuatro horas después. Las calles estaban agrietadas y el ingeniero que la acompañó caminando hasta San Salvador le ofreció llevarla a casa. Él vivía cerca del Rosales y ahí fue cuando mi intrépida madre, embarazada, hipotensa y que caminaba vestida de enfermera aún frente a territorios en combate, tuvo miedo de subirse a una moto. No habiendo más opción, porque se le ampollaron los pies, aceptó. Dice que nunca tuvo más miedo en su vida.

Mis papás se encontraron y no sé qué pasó en ese encuentro, los dos son gente muy estoica. Por haber entablado amistad con la maestra de la guardería, pudieron dormir bajo techo y no en la calle, como los otros vecinos. Al día siguiente salieron al Rosales, a ver en qué ayudaban un estudiante de Medicina y una enfermera. Mi mamá era un asunto demasiado serio desde antes de los veintitrés. Mi papá tenía entonces la edad que tendré yo en marzo y honestamente, no sé cómo aguantó.

1 comentario:

Esquina Tijuana dijo...

órale, qué vivencias, no? de cuando feto, jeje qué bonito. me ha gustado mucho esto que compattes, y pues feliz sobreviencia a los tres (qué más se dice en estos casos)... te comparto algo de nuestra experiencia familiar del terremoto de 1985 en el DF http://esquinatijuana.blogspot.com/2009/09/1985.html

... y te sigo, saludos!