miércoles, octubre 12, 2011

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Alguna vez mi papá fue un tipo feliz que reía, comía pastel en su cumpleaños y fingía poder bailar. Todo lo que yo pueda recordar, todo lo que a mí me haga falta, todo lo que pueda dolerme es un asunto muy aparte. Mi papá fue feliz alguna vez y yo también lo fui. Es todo lo que vale la pena decir.

Pasa que la gente como él y como yo consideramos tan raro congeniar con alguien que nos encariñamos recio y nos desilusionamos recio y nos duelen las cosas reciamente. No conocemos la mesura emocional. Y aunque una tenga veinticuatro y haya hecho su paz con el hecho que sus padres no son más que personas falibles, el que fallen sigue doliendo. Y duele recio, como no quiero que le duela a él. Somos gente bien intensa, él y yo.

Con el pasar de los años y desde que él se fue, he ido pausadamente alejándome de lo que él quería que yo fuera. Sé también que fue crítico que él se fuera para poder ser quien soy hoy, que si bien no es perfecto ni lo será (porque no está en su naturaleza serlo), es fiel a quien quiero llegar a  ser. Sé que quien soy es algo que le costaría trabajo comprender, como me cuesta trabajo comprender quién es él ahora. Supongo que es natural. Supongo que era necesario que se fuera de una manera tan radical y tan brutal de mi vida.

Desde que se fue no puedo hablar con nadie. Con absolutamente nadie. No de una manera tan universal. Sé también que si regresa, no va  a ser posible entablar ese tipo de conversaciones tan francas y tan claras de nuevo, porque ya él dijo cosas y yo dije cosas que no se pueden desdecir. Pero ah, demonios, cómo quisiera que dejara de pasarla tan mal y viniera a sentarse conmigo a platicarme de cualquier cosa. Querría, sí; pero él es adulto y yo también. Hemos tomado nuestras decisiones y hasta el momento hemos tenido el orgullo de vivir con ellas. Por mucho que duelan. Y hay gente que por mucho que uno quiera, nomás no hay manera de tener cerca. Y tampoco estoy muy segura de querer.

De repente llama por teléfono y nunca pregunta por mí. Como toda la gente que me ha querido en la vida, debe estar decepcionadísimo de mí. Nada puedo hacer a estas alturas al respecto, llevo más de un año viviendo para mí y no para procurar el bienestar de nadie más y no es algo a lo que esté dispuesta a renunciar. ¿Que si me duele que el hombre que me puso en este mundo cuestione de tan mala manera las bases que él mismo puso en mi vida? Sí. ¿Que si dejará de dolerme? Seguramente no, pero ya aprendí a vivir con ello. Solo que se me olvida cuando llega el 12 de octubre y tengo que hacerle cara. Él es falible y yo también lo soy; solo que decidimos fallar por separado para dejar de lastimarnos.

Me intrigó siempre que un hombre como él rezara antes de dormir. Lo hacía siempre. Solía entrar a su cuarto a puntillas porque me gustaba verlo de espaldas pidiéndole fuerza a su dios, que era entonces también el mío. No sé si rezará ahora. Espero que lo haga, algún tipo de calma debió haberle dado. Yo dejé de rezar hace casi seis años, pero en verdad espero que él no haya perdido la seguridad de tener un dios que vele por él, ahora que ya no tiene a nadie. Yo tuve alguna vez la seguridad de una mano que me sostenía firme cuando jugaba peregrina en los adoquines del kinder y sé lo que es perderla; ojalá que él no pierda nunca esa certeza.

Quizá esta fecha me sigue pesando porque él no tiene a nadie ya. Espero que no la esté pasando tan mal y que las cosas pronto mejoren para él; que encuentre alguien que lo quiera y que lo cuide de la misma manera radical y rabiosa con la que él quiere y suelo querer yo también. Ojalá que vuelva a ser feliz, a comer pastel y a pretender que baila. Ojalá que vuelva a reír, aunque sea muy lejos de mí. Feliz cumpleaños, papá.


1 comentario:

JazZ dijo...

:( feliz cumpleaños.