domingo, octubre 09, 2011

Mandados

Mi vida está llena de gente que no quiero volver a ver. No es gente que evite deliberadamente, pero que sí apreciaría que no transitasen por los 10Km² por los que transito yo. Sin embargo, como existe un dios y erigió una especie de Seinfeld en mi existencia, a veces me hace toparme con esta gente en lugares bien extraños. Como el banco.

Dado que mi desempleo y perpetua desocupación son mucho más evidentes los viernes, mi madre gusta de agarrarme de mensajera, cosa que aprecio. Pues el viernes pasado, mientras pagaba un recibo, tuve que pasar por Metrocentro, esa algarabía de gabanes ubicada tan al alcance de todos nosotros. Caminando frente a la cafetería de Simán observé a una mujer de cuadradas dimensiones: ni nalgas ni chiches ni caderas ni nada. Un cajón colocho. Había algo sobre ese cajón que me resultaba familiar, eso sí. Y fue ahí, frente a la venta de vestidos para bichas que creen que para ir a una discoteca toca ponerse un vestido de fiesta de graduación, que caí en cuenta del porqué ese ropero me era familiar: fue mi profesora de Seminario.

Hay maestros buenos, malos y equis. Siempre tuve conflictos para determinar si esta tipa era mala o era equis. Como persona me resultó siempre repugnante, pero nunca supe si era por sus zapatitos de monja, el hablar asolapado típico de la gente con doble cara, la boca de frígida o su actitud de sindicalista esperando que la patronal la cague para alzar el puño por el pueblo unido. El sentimiento era recíproco y no lo digo porque me haya aplazado ni nada por el estilo, yo la odiaba y ella a mí. Todo transcurrió en santa paz.

Hubo un momento en el año en que me dio clases en el que le dio una neuralgia o algo semejante. Nunca nadie preguntó qué le pasó y cuando regresó, nunca nadie la recibió. Volvió a calificarme, volví a contradecirla, volvió a mandarme a la dirección y así hasta que el año terminó, aprobé su materia y si te vi, no me acuerdo. Al menos hasta el viernes enfrente a Simán. Caminé más despacio, esperando que se fuera hacia cualquier otro lado y evitar el escabroso encuentro; claro que mi esperanza murió cuando vi que entró al mismo banco al que yo iba y que haría el mismo trámite que yo: genial, minutos enteros parada detrás de ella en la cola. Dios, este sería un buen momento para que entre Kramer y el público aplauda.

Cola larguísima, aire acondicionado, el cajón colocho enfrente y Virginia con una mega tos. Me veía de reojo mientras deliberadamente escuchaba mi lista de reproducción de reggaetón sucio a sabiendas de que si topaba el volumen, mi vecina de fila podría escuchar perfectamente el "¡toma, gata celosa!" que era popular en la radio en los días en que convivíamos en un salón de clases. Me vio feo, realmente feo cuando de esa pasamos a "Baila, morena". Me vio muchísimo más feo cuando empecé a toser -eso no fue adrede. En serio tengo una mega tos-. La fila se iba moviendo y la tipa venia de rojo hacia atrás a la malagradecida que nunca le dio nada en el Día del Maestro, que escuchaba reggaetón, esa música de diablo (ah sí, la tipa es Testigo de Jehová) y que encima tenía el coraje de toser en su presencia, esparciendo todos esos gérmenes. Yo me reía, porque el interné me enseñó que hay cosas que vale la pena hacerlas nada más for teh lulz.

Al final llamaron su número. Llamaron luego el mío. Realicé mi pago (de mi mamá, pues) con calma mientras el suave y delicado dembow del romantic estáil in de worl vibraba en mis oídos. Volví la vista hacia la derecha inconcientemente y noto que el ropero colocho discutía airadamente con el cajero. No sé qué pasó, no me interesa saber qué pasó, pero yo salí del banco directo a comprar saldo a los quiosquitos que están por por Torogoz. Salió ella poco después, se dirigía con paso tambaleante hacia el mismo quiosco en el que compraba yo, pero al verme, dio media vuelta y se fue, no sin antes verme con cara de "No soup for you". Yo me fui a comprar un sorbete por la tremenda satisfacción que solo puede brindar ser un asco de ser humano y disfrutarlo cada día más.


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