domingo, diciembre 18, 2011

(Acá iba una entrada sobre la belleza en el mundo

y de lo apabullante que es, de lo simple que es, de lo poderosa que es, de cómo te rompe el corazón al estar frente a ella aunque una esté perfectamente conciente de la existencia del sistema límbico y que el músculo cardiaco no posee ninguna de las cualidades altamente maricas que usualmente se le adjudican (principalmente, no tiene forma de culo), de cómo todo lo que toma es una voz, nada más que una voz, para replantearte la vida la muerte el amor la belleza y ese concepto tan absurdamente prostituido:  el arte; de cómo lo único que puede hacer ante ese escenario es encerrarse en sí mismo y empezar a llorar a pesar de no saber bien por qué, del impacto profundo, del encierro en uno mismo que ocasiona la presencia de la belleza, encierro que no es ni en una misma sino en esa voz, nada más la voz, mientras todo afuera vale verga. Sobre la existencia del alma, esa cosa con la que una tanto debate pero que no tiene más remedio que aceptar cuando uno escucha a ese hombre desgarrarse la vida en cuestión de segundos y sin saber bien qué tenía en mente al hacerlo, se te traslapa inmediatamente y no hacés más que llorar pendejamente ante la universalidad del alma y la belleza y a música y la voz de este tipo. Eso iba acá. Eso y la canción. Pero no vale la pena. Sería como intentar explicarle un orgasmo a un virgen.)

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