domingo, enero 29, 2012

Cosas que deben quitarse de en medio antes de sentarme a escribir lo que se supone debería estar escribiendo

Si algo sé sobre mí es esto: nací para pelear. Pelear a secas, porque al fin y al cabo lo último que importa es el contrincante. En mi vida he peleado contra todo y contra todos, principalmente conmigo misma. Si creyese yo en tal cosa, diría que es mi destino, que está escrito y que no puedo escapar de él. Tocaría aceptar que eso soy, no lo elegí y todo lo que queda es saber lidiar con ello, agarrar armadura y hacerle frente.

Pelear es mi vida. Por alguna broma cósmica, resulta que las cosas que definen qué soy me alienan y me segregan; ergo, me toca defender hasta con los dientes todo lo que creo, lo que considero correcto, lo que pienso y lo que estimo. Me vanaglorio de ello, las más de las veces; siento orgullo de cargar estandartes que nadie ve, que a nadie le importan, pero que me obligan a mantener las -figurativas- espadas listas todo el tiempo. Me tocó pelear por lo que estudio, por cómo vivo, por lo que quiero y lo que dejo de querer. Pelear con mi madre, con el patriarcado, con quien sea, pero pelear. Lo que tengo, lo que sé, lo que quiero me ha costado perder oportunidades, allegados y quién sabe qué más, pero es un precio que estoy, estuve y estaré dispuesta a pagar. Esto '-ni yo sé a qué me refiero con ello- es mío porque me costó y peleé por ello porque vale la pena. Eso suelo creer.

Uno porta su armadura con altivez porque se enorgullece de lo que defiende. Está dispuesto a darse verga. Estudia para saber darse verga. Lee para saber darse verga. Se une a otra gente, dispuesta también a darse verga. Se prepara, entrena. Está usted listo y quien le observa, lo sabe; incluso acude a usted si necesita enterarse más sobre algún tema de los que usted domina. Esto le enorgullece, mas la armadura pesa y uno se cansa. Quisiera tener un momento, solo un momento de paz; un momento para cerrar los ojos, bajar la guardia, acostarse en la grama bajo el sol y sentir que todo está bien y funciona como se debe. Lo desea, lo anhela, lo saborea, porque sabe que nunca lo va a tener.

La gente es imbécil. Años de años peleé conmigo misma y contra las personas que consideré pensantes alrededor mío y dije que no es que la gente sea imbécil, sino que no está informada. Que no está educada. Que uno no puede culpar a la masa (manipulable por definición) de no pensar, de no saber, cuando es "el sistema" (epíteto que de sobresaturado ya suena vacío) el que instiga a que así se mantenga. No sé de cuántas reuniones me fui, cuántas veces me indigné furibundamente, a cuanta gente insulté con sorna por atreverse a afirmar algo tan vacío, mas hoy no tengo otra opción que coincidir: la gente es imbécil. Les gusta ser imbéciles. Están felices siendo imbéciles y no voy a ser yo quien los saque de ahí. Dirá el doctor Valdés que sí, son imbéciles, que es su opción de vida, que es cómoda y establecida por defecto y que la alienada soy yo por no acomplarme. No es que no lo haga por rebelde ni por hipster ni por prepotente: es que simplemente no puedo. Ya quisiera yo no saber qué está pasando, qué tan cabrón se va a poner; quisiera por piedad no tener que estar pensando para dónde voy a irme el día que la olla de mierda explote, pero no puedo. Por la gran puta, no puedo. Y es tan frustrante... ¿Saben por qué? Porque la gente imbécil es feliz.

No le tomó a Funes ni dos semanas el entregar al país de culo de nuevo a las manos de Saca (¿Alguna vez dejó el ano nacional de pertenecerle al expresidente?). Ni dos semanas. Veo veo veo los parelelismos con la política de seguridad pública militarizada de Honduras, veo en Saca a un mini-Facussé con maneras más "sutiles" de hacerse omnipresente. Lo veo y no puedo dejar de verlo. Oigo la radio y escucho a Saca celebrando la asamblea constituyente que bajo mandato de Venustiano Carranza redactó al Carta Magna mexicana. Le escucho alabándole, recomendando al electorado local que tenga en mente votar por diputados que garanticen un rediseño de la Constitución. El mismo día, veo al FMLN urgiendo sobre la necesidad de hacer justo eso. Sé que no es coincidencia. Sé que se quitaron el velo ya, que esto es la misma vaina, solo que corregida y aumentada y disfrazada de martiriato, de causa, de justicia. Sé que cualquier constitucionalista decente estaría de acuerdo: la Constitución necesita profundas reformas. Los más serios dirán que necesitamos Constitución nueva. El problema no es que coincidamos, el problema es que nuestros propósitos son distintos. Quién sabe qué quiere Saca, prefiero no saber, opto por no averiguar. Me gana la desesperación y no tengo a nadie que se angustie conmigo. Estoy siendo injusta, sí tengo, pero no a una distancia lo suficientemente corta como para ir y llorar en compañía. Nos toca llorar por mensajería instantánea porque junto al dolor del mundo, camina  nuestro ya no tan pequeño dolor.

Me siento extranjera. Es mentira, me siento despatriada. A nadie le importa, a nadie: la gente desmemoriada e imbécil celebra los "cambios" en la PNC, en la Seguridad Pública, en la rotación militar por al menos dos órganos del Estado. Me importa a mí y a un par más, pero no damos contra semejante frente. Son demasiados. Usualmente no tendría empacho de pelear contra todos, de sentarme y explicarles a cucharaditas qué es una fase de liberalización y qué es una fase de mera democratización, explicarles que nunca supimos concretar ni la primera; explicar con dibujitos cómo lo que nos pasa como país es que tenemos a una sociedad  con una visión errada de su propio poder, que el individuo enfoca mal y desperdicia su dosis de poder, demandando con violencia del conciudadano, mas no del regente. De la dignidad, que debe ser horizontal  y hacia abajo. Pelearía, quisiera, pero no puedo. Estoy cansada. Estoy harta. Estoy cansada.

Esta mierda va a explotar. Lo supe siempre. Es lógico: los procesos no se concluyeron, vamos, ni se iniciaron. El poder sigue estando donde siempre, solo que ahora opera con proxy. Lo supe más concretamente después del golpe de Zelaya; lo sentí cercano cuando ganó Pérez Molina. Ahora está acá, en mi cara, forzándome a decidir qué hacer. Yo nací para pelear, es cierto. Estudié para saber pelear. Leí para saber cómo y por dónde. En el proceso, dejé de tener catorce años y hoy resulta que tengo casi veinticinco y sería yo una imbécil si siguiera pensando las mismas calenturas que entonces. Una parte crítica de quien pelea es escoger sus batallas. Ahora no sé si esto vale la pena. Eso. "Resistir es existir", escribía yo por todos lados cuando tenía dieciséis años. Ahora ya no sé.  Estoy tan, pero tan cansada...

4 comentarios:

Comodín dijo...

Comparto, horriblemente, ese cansancio...

Ligia dijo...

Sí, sí.

Alberto dijo...

Pues será que yo estuve cansado desde antes... claro, estoy más viejo, pero esta es una opinión que alguna vez te expresé y que en aquel entonces no compartiste. Sin embargo, y al igual que en aquel entonces, opino igual.

Cuidate corazón (vaya, esto también me sigue sonando tan real como en aquel entonces)

Victor dijo...

Quiero decir: por expatriado yo, tú eres ex patria

(Roque)