domingo, febrero 19, 2012

Cosas que una piensa después de seis horas estancada en el párrafo uno

Recuerdo cuando me indignaba. Escuchaba una estupidez, veía una injusticia o atropello y sentía un frío en la columna vertebral, se me calentaban los cachetes y una ola de palabras (harto adjetivo incluido) se me acumulaba en la lengua o los dedos. Era como tener un volcán en erupción. Las teclas, la saliva no me alcanzaban para decirle a quien se dejase que _______ era increíble por ____________ y que qué barbaridad, la cantidad de miopes que tienen ______________ pasando justo bajo sus narices y miralos ahí, tan campantes. Yo hervía y la gente, naturalmente, me ignoraba. Eran otros tiempos.

Recuerdo la indignación que daba pie a algo: a escribir, a leer, a investigar, a salir a la calle a gritarle a ________ que era un ____________ y demandar que _________ hiciese algo al respecto. Más que nada, recuerdo el fuego; la incendiaria necesidad de hacer ALGO, lo que fuese, pero ALGO. Pensándolo bien, creo que lo que más recuerdo es la inocente certeza que hacer ALGO iba a servir, que iba a marcar una diferencia, a contribuir, a lo que fuese. Ahora ya no me indigno, nada más me emputo y digo que la gente es pendeja; me pinto las uñas y en cinco horas solo puedo escribir ochenta y tres palabras sobre lo escandaloso que resulta que en Guatemala se gestione un proyecto minero que hará trizas los riñones de más de dos millones de salvadoreños. No me indigna porque me estoy volviendo cínica; sé que mis quinientas palabras las leerán -a la mejor- quince personas que dirán "qué fea situación" y luego seguirán viviendo.

Extraño indignarme. Estoy demasiado joven como para volverme cínica. Alguien regáleme un poquito de indignación.

1 comentario:

Alberto dijo...

I would be gladly assisting you... but I lost it, long long loooooong time ago