Horas antes, una escribía con alguién más sobre cosas similares, pero para otro público: el invisible, el que querríamos que existiese, pero que está demasiado ocupado viendo el estrato más vulgar del "humor" en la televisión abierta. Escribía para tratar de volver menos imbécil al electorado, como si tal cosa fuese posible desde la pequeñez del teclado de la computadora de mi hermana. Escribía como ejercicio mental de dejar de llamar imbécil a la gente solo porque sí, como ejercicio de comprensión que -de nuevo- no todo mundo tuvo mi crianza, que sería nefasto que todo mundo tuviese mi crianza y que así como yo desconozco los fascinantes entrampados del perreo, hay gente que desconoce que el poder están en ellos, no en un alcalde, un diputado o un presidente. Tratando, pues.
Entre tanto rabiar y enojarme y frustarme y no ver las noticias y sentirme insultada por casi todo lo que los periódicos publican; dentro de la entrampada ideológica irresuelta que me dice que anule el voto de la alcaldía pero sí haga válido el de las diputaciones; entre la frustración que nace de saber cómo deberían funcionar las cosas, abro Facebook y veo rostros que están a casi seiscientos kilómetros de donde yo estoy, pero que son la misma gente, el mismo dolor, la misma sangre, la misma miasma. La misma cosa por la que unos "pelearon" y que a mí me obliga a dejar de llamar "imbécil" al analfabeta político y reanudar la marcha por donde se debe: enseñando. La misma cosa: la gente.
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| Foto de Ariel Sosa. El Aguán, Honduras. |

1 comentario:
Quisiera traducir esto al inglés para mis amigos y familia que no entienden ni un coño del porqué en El Salvador uno pierde esperanzas con tanta payasada.
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