lunes, febrero 20, 2012

Por qué escribimos

Una está sentado en su casa en San Salvador, con el ventilador detrás, con fresco de mora, con una cajetilla de Marlboro rojos recién abierta y quebrándose la cabeza para encontrar una manera cómo explicar lo enfermizo del ciclo electoral salvadoreño para que un público extranjero entienda que el electorado es imbécil porque así le conviene al poder central; que la izquierda local no es tal, que no gobierna, que nunca gobernó. Una trata porque es terca, porque le toca, porque quiere, pero sobre todo, porque lo necesita.

Horas antes, una escribía con alguién más sobre cosas similares, pero para otro público: el invisible, el que querríamos que existiese, pero que está demasiado ocupado viendo el estrato más vulgar del "humor" en la televisión abierta. Escribía para tratar de volver menos imbécil al electorado, como si tal cosa fuese posible desde la pequeñez del teclado de la computadora de mi hermana. Escribía como ejercicio mental de dejar de llamar imbécil a la gente solo porque sí, como ejercicio de comprensión que -de nuevo- no todo mundo tuvo mi crianza, que sería nefasto que todo mundo tuviese mi crianza y que así como yo desconozco los fascinantes entrampados del perreo, hay gente que desconoce que el poder están en ellos, no en un alcalde, un diputado o un presidente. Tratando, pues.

Entre tanto rabiar y enojarme y frustarme y no ver las noticias y sentirme insultada por casi todo lo que los periódicos publican; dentro de la entrampada ideológica irresuelta que me dice que anule el voto de la alcaldía pero sí haga válido el de las diputaciones; entre la frustración que nace de saber cómo deberían funcionar las cosas, abro Facebook y veo rostros que están a casi seiscientos kilómetros de donde yo estoy, pero que son la misma gente, el mismo dolor, la misma sangre, la misma miasma. La misma cosa por la que unos "pelearon" y que a mí me obliga a dejar de llamar "imbécil" al analfabeta político y reanudar la marcha por donde se debe: enseñando. La misma cosa: la gente.
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Foto de Ariel Sosa. El Aguán, Honduras.
Mucha alharaca viene con meterse al desmadre de decir que una tiene ideología; te cuestionan absolutamente todo: el tomar Coca Cola, los "vicios pequeñoburgueses", la clasemediez. El marxismo, el maoísmo, que si Funes como fuese es mejor que Ávila... un mar de masturbación mental que no lleva a nada y no sirve de nada. Una se harta, avienta sus maletas y dice "basta, que otro maje venga a darse verga con este atajo de pendejos, porque yo no doy más". En eso, una lee un texto que dice que alguien "conservaba los rasgos rurales, pues siente la necesidad de compartir lo poco que tiene"; una tiene ganas de gritarle "grandísimo cerote, eso no es ruralidad, eso es ser gente", se lo guarda y ve que uno de sus amiguines que también andan en esto, pero en otras tierras, toma una foto que te hace olvidarte de tanta mierda y acordarte, de una vez y para siempre, para qué estás en lo que estás. Y para eso se escribe. Para recordarse constante y contundentemente por qué estás en lo que estás.

1 comentario:

Luz Cåceres. dijo...

Quisiera traducir esto al inglés para mis amigos y familia que no entienden ni un coño del porqué en El Salvador uno pierde esperanzas con tanta payasada.