miércoles, mayo 27, 2015

La gran tragedia

No sé si alguna vez estuve consciente del peligro, pero sí tengo muy presente que siempre he estado esperando una tragedia. Algo terrible iba a pasarnos en algún momento, creía cuando niña. Esa era la única explicación que encontraba para que me hicieran recitar mi nombre, mi dirección y el teléfono del trabajo de mi mamá cada vez que mi papá me mandaba al kinder. Algo terrible vendría. Y yo tendría que saber qué hacer.

Quizá por eso me levantaba a diario muy temprano para ver con qué ropa salía mi mamá hacia el trabajo. Lo repetía como mantra: uniforme azul marino, zapatos negros con tacón chiquito; labios rojos, cartera negra. Todos los días lo mismo. A la fecha, aún lo hago con la gente de mi entorno. Pero de niña, de noche, cuando me mandaban a la casa de mi abuela para que yo no estuviera tan sola, repetía el ejercicio, pero quizá de forma más triste: a las 7 pm, sacaba un banquito y examinaba a todos los pasajeros que bajaban del bus de San Salvador. Mientras más tardaba en aparecer el indicado, más miedo me daba que a mi mamá se la hubieran llevado los militares, que estuviese atrapada bajo los fierros de un terrible accidente o que decidiese que ir hasta la playa era mucha vuelta, que no valía la pena y que yo podía quedarme sola. Mi cabeza hervía en escenarios tétricos hasta que ya entrada la noche venía el bus correcto y yo me sentía estúpida por tener tanto miedo de algo que nunca pasó.

Mis infantiles paranoias noventeras ahora tienen fundamento. Cualquier marero podría violar a mi hermana; matar a mi hermano o asaltar a mi mamá, quien es una imprudente y toda la vida carga un bisturí en la cartera. Mi papá podría morir a kilómetros de acá sin yo haber podido hablar bien con él desde hace casi diez años. Siempre temo, de una u otra forma, que a la gente que tengo cerca le pasen las cosas más horribles que mi cabeza pueda imaginar. Siempre temo, ahora lo sé, quedarme sola de forma súbita.

Quizá por eso me cuesta tanto todo. He pasado una vida construyéndome un escenario en que todo se me cercena, donde mi vida se mutila y no me percaté de que en realidad la gran tragedia es ir perdiendo por poquitos los escasos espacios de control que tengo. Tener, controlar, ser, y luego ya no. Esperé durante años que el bus de las 7 no llegara y que eso fuera el cumplimiento de un presagio, pero nunca se me ocurrió que quizá lo que ocurriría es que la persona que se bajaba de él lo hiciese con tedio, por obligación. Y eso es mucho más triste.

Me es imposible ahora moverme hacia adonde sea, empezar lo que sea, sin prepararme de inmediato para la terrible hecatombe en la que terminará. Estar siempre con las maletas hechas, con un pie afuera es, descubro ahora, extremadamente cansado, pero hay algo en mí que tiene la certeza de que un día el bus no vendrá, que yo siempre lo supe y que cuando pase no puede encontrarme desprevenida. Lo sé conscientemente y eso me ha salvado ya un par de veces. Pero es cansado. Estoy exhausta. 

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