miércoles, junio 03, 2015

Manifestaciones mobiliarias del fracaso

A finales de julio se cumplirán tres años desde que vivo acá. Un sábado en la mañana, sin mayor aviso, guardé mis libros (los pocos que sobrevivieron) en mochilas, envolví mi ropa en un cubrecamas, y huí. Al llegar, lo primero que noté fue el árbol de fuego que se ve desde la ventana de mi cuarto, que hoy es un estudio. No desempaqué en meses. Mis libros estuvieron en el piso hasta diciembre. Yo no "estaba" acá.

De alguna forma, nunca estoy en ningún lado; esta es una forma amable de decir que vivo huyendo. No estoy acostumbrada a poner cortinas ni colgar cosas de la pared porque estoy programada para salir corriendo. Quizá sea, incluso, un asunto genético. Mi abuela huyó de su suegra militaroide arrastrando a mi infante madre a finales de los sesenta. Mis papás vivieron huyendo de todo mundo desde antes de casarse; quizá huían juntos y en eso consistió su relación. Luego huyeron el uno del otro. Después huí yo de ambos. ¿Cómo putas espero saber quedarme?

Pero me dio entonces por creerme especial. Pensar que debía irme y que todo esto es temporal. Hice planes: no quedarme acá más de año y medio después de graduarme. Irme adónde sea, pero salir. No se puede vivir aquí. Es tóxico. Me negué, entonces, a comprar una librera o una cama. Era un desperdicio si al final tendría que vender o regalar todo en menos de tres años. No valía la pena gastar a lo pendejo. Eso me dije.

Empero, no consideré algo: soy mediocre. Soy listísima, sí, pero también socialmente inepta. Incluso si mis notas son decentes, no he entablado relación con nadie como para atreverme a pedir cartas de recomendación. Tampoco ayuda que haya ido como a siete sesiones de cada clase en toda la carrera. Me tocará quedarme, pues, a menos que supere el crónico aburrimiento que me invade cada vez que decifro por dónde va una clase y la prepotencia de seguir saliendo bien a pesar de no poner un pie en el salón durante semanas. Imaginate lo que sería si tuviese fuerza de voluntad.

Heme acá, entonces, con los dedos manchados de azul cenicienta en Excello Latex, la mejor opción en pintura para superficies porosas. Quince dólares me dan acceso a una lija de madera, cuatro cajas de las del mercado, un metro de estambre de yute, una brochita y medio galón de pintura. Tadá, librera. Fotos, postales en la sala. Y un desayunador con una bandeja llena de fruta, edredones que huelen a Suavitel; un platito para el gato; alfombra de petate y el dulce aroma a hogar que solo puede brindar Fabuloso presentación lavanda.

Estoy dispuesta a hacer todo eso, pero creo que comprar una cama sería la aceptación total del fracaso. Las cualidades totémicas que le he adjudicado a una mierda que no es más que madera y espuma son absurdas; ¿quién se lo pensaría tanto para pagar por una cama en la que el gato no abarque la mitad cuando se extiende? Pero quizá sea mi condena. No quiero acomodarme, hacerme a la idea de que no aprenderé nada más. Quiero, de algún modo, insistir en mi empeño en que no soy tan pendeja y debería hacer algo al respecto, pero también me gustaría entender que eso no tiene por qué reñir con la idea de un colchón con resortitos inteligentes que se acoplen a mi espalda. De todos modos, huir del destino no se puede. 

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