viernes, junio 19, 2015

Un post bien Amélie del cual no me avergüenzo, aunque tal vez debería

I.
Cuando yo llegué a la UCA, los libros todavía conservaban sus tarjetas de préstamo. La única de mis materias que me gustaba en aquel entonces era Sociología del Derecho, la cual habría de cambiarme la vida en más de una forma. Como la daban a las 11 y las demás clases no terminaban de convencerme, pasé horas metida en la biblioteca haciendo arqueología.

Pocas cosas me gustan tanto como encontrar papeles en medio de libros ajenos. Contrario a las notas al margen, que para mí son una aberración sin nombre, los trozos de papel arrancados de no sé dónde, esos que tienen información que quizá fue crucial en 1984 antes de ser olvidada entre las hojas de un libro cualquiera, me resultan fascinantes. Cada vez que encuentro uno me vuelvo loca de felicidad.

En ese por demás lúgubre 2006 me topé con muchos papelitos perdidos entre los libros de la segunda planta de la biblioteca. Ninguno era particularmente sentimental; lo que solía encontrar era números de decretos, nombres de autores, alguna esporádica factura o lista del súper. Certificados de regalo cuyo valor estaba expresado en una moneda extinta. Tarjetas de presentación tan antiguas que los números telefónicos tenían cuatro dígitos. Facturas en las que la dirección del negocio dividía a San Salvador en zonas numeradas, como Guatemala. Separadores improvisados, notas escritas en parafernalia de un pasado que encuentro interesante simplemente porque no es el mío. No sé por qué me resulta tan fascinante.

A veces, cuando el libro del día no tenía papelitos en medio, mi consuelo era ver la tarjeta de préstamo. Me sigue pareciendo mágico eso de poder ver la caligrafía y la fecha en que esa persona leyó ese libro antes que yo. Es como trazar un mapa. En aquel entonces, como era joven y no había entendido que mi marginación era identitaria, imaginaba que quizá ese muchacho con letra hermosa que leyó en 1995 lo mismo que yo en 2006 podría ser una persona con quién hablar de temas tan ricos como el Código Agrario, redactado en 1994, pero nunca discutido en Plenaria. A esa edad uno todavía busca casualidades Amélie en todo. Ahora tengo muy claro que nada me garantiza que aquel muchacho no fuera un sendo cerote, pero me sigue dando ternura eso de poder ligar personas mediante aquello que leyeron alguna vez.

II.
Reparé en lo tiernas que me parecen las tarjetas de préstamo ahora que encontré de pura casualidad un libro que me habían recomendado hace poco (la biblioteca de la UCA a veces esconde joyas). Por algún extraño motivo, a ese ejemplar no le habían quitado la tarjetita y vi que Sergio Montano fue el último en prestarlo (bajo esa modalidad). Era 2002. Quién sabe qué habrá pensado él sobre el libro, si le gustó o no; quizá él también detestó la crónica esa del estreno teatral de un musical. Imaginé que cuando escribió su nombre en la tarjeta lo hizo con alegría, sorprendido como yo de encontrar un libro como ese en este páramo de desesperanza y manuales de cálculo diferencial. Emocionado, Sergio habría sacado de algún bolsillo su pluma azul (siempre hay que desconfiar de la gente que compra lapiceros azules a voluntad. Ese espíritu escolar institucionalizado tan interiorizado abruma. Las personas decentes escribimos con pluma negra de gel) y dibujó de a una las letras de su nombre. Habría salido del edificio feliz; quizá envolvió el libro en una bolsa plástica, dado que él también lo prestó en junio y en estas fechas cualquier tarde es buena para un aguacero. Reparé en lo infantil de cuestionarme todo aquello y no me importó. A veces soy feliz con cosas bastante estúpidas. Ya hice las paces con ello.

III.
Pero lo que más feliz me hace es encontrar dedicatorias en los libros usados. Hace dos años encontré en la Antigua un libro llamado La Unión Soviética en China. Conmemoraba el 30 aniversario de las relaciones diplomáticas entre Moscú y la República Popular. En la primera página, también con tinta azul, está escrito el nombre de un coronel de los tiempos de Cerezo. Él detalla que estaba en un curso sobre anticomunismo en Taiwán. Acabé comprándolo solo por lo chistoso del asunto.

En Cayalá (guácala) dimos con un libro de Anaïs Nin al cual le habían escrito "Por ella llevo mi nombre". No lo compramos porque una puede ser cursi, pero de eso a gastar dinero en ese monumento al clasismo, a la Guatemala sin indígenas, hay una gran distancia.

IV.
Cuando regalen libros, escríbanles una dedicatoria. Es demasiado bonito.

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