martes, julio 21, 2015

La grisácea realización de las posibilidades

I.
Cuando era joven e ingenua creía que el objetivo de mi vida era construirla de tal forma que mis decisiones me afectasen solo a mí. A veces siento que lo logré. Veo las paredes de mi casa y de ellas no cuelgan más que pizarras y un cuadro de David Bowie. No hay nada que delate un origen o revele lo mínimo sobre mí. Soy opaca en mi propia casa. Triunfé.

Mi casa es un desastre. Si alguien entrase se preguntaría cómo es humanamente posible vivir en tal caos. Soy incapaz siquiera de hacerme sentir en casa a mí misma. Temo como pocas cosas en la vida no llegar a ser capaz de ser hogar (odio esta palabra. Me resulta inconfesablemente ajena) para mí.

Durante algún tiempo mi casa no fue tan gris. Hubo rojos, blancos, edredones rosa. Hubo luces encendidas y cortinas en las ventanas. Todo eso sigue acá, pero yo he vuelto a ser gris.

II.
Serlo es una estrategia de supervivencia. Esa fue de las primeras cosas que conscientemente aprendí cuando era niña. Yo tenía ocho años y acababa de pelearme con mi mamá. Hay algo en ella, hay algo en mí que nos enerva mutuamente, pero cada vez que yo lo evidenciaba me iba muy, muy mal. Opté, entonces, por no mostrar mi enojo, no llorar. Cerrar una puerta con calma logra más que azotarla. No dar el gusto de revelar nada de mí. 

Sigo en las mismas veinte años después. 

III.
Inconscientemente, hay alguien en mi familia (término usado muy a la ligera) que sí se percataba de mi incoloro proceder. Ese alguien tiene la desgracia de parecerse demasiado a mí y creo que lo sabe. Me llamaba "hermana" como para que no se me olvidara, como para que mi afán de esconderme, de cortar con todo, de escudarme en mí no pasara por alto que él existía. 

En su tierno afán, hace años desafió mi decisión de dejar todo rastro familiar en su casa. Empacó entre unos libros una foto mía y otra más, la única en la que él parece conmigo, con mi mamá, con mi hermana. Eso y una tarjeta de cumpleaños escrita por mi papá para quien sea que él cree que soy. Están en la librera. Solo una persona las ha visto. No sé por qué no las he botado.

IV.
La verdad es que sí sé: me da mucho miedo ser injusta, recordar mal. También me da miedo la facilidad con la que prescindí del resto de fotos, de cosas, de lo que significa ser pariente de alguien que cocina como mi tía, del pasado en común. Busco y busco y solo encuentro un recuerdo sin gritos, sin golpes y sin sangre. Uno solo. No sé qué sea de mí cuando esa imagen ya no esté.

Temo que toda esta opacidad y esta facilidad de pensarme sin origen sean insuperables. Durante años no quise más que ser para mí, construir para adentro, llenarme de mí. Ahora ya lo tengo, pero tras un día sigue el otro y casi nada les distingue. Quizá en este afán de protegerme me volví inhóspita incluso para mí.

V.
Hay una foto que me mata de ternura. Tengo menos de un año y estoy en la playa; parezco un bebé japonés embutido en un bikini azul. Estoy de pie sobre la arena negra. Tengo puesta una visera demasiado grande para mi cabeza. Un hombre me tiene tomada de las manos y está de pie detrás mío. Me sostiene. Ve hacia abajo y sonríe como si estuviese sosteniendo su vida entera, mil años antes de que él fuera él y yo fuera yo y nos jodiésemos tanto de tantas formas distintas. Quise traérmela, pero mi hermana la tenía colgada de su puerta. Quizá no haber tenido es peor que ver todo morir.

VI.
Pero mi solipsismo es un fracaso, Sería muy conveniente pensar que si no estudio el ciclo que viene no le importaría a nadie, pero no es cierto. Todavía queda alguien que me pregunta a diario si almorcé. A la mejor hay esperanza.

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