miércoles, septiembre 09, 2015

Cosas en las que una repara cuando se pone a leer a Clarice Lispector

Yo me he pensado a mí misma en muchos términos. Me he visto forzada a hacerlo. Esto no tiene nada de dramático, simplemente ha ocurrido así. Las categorías en las cuales me he pensado tampoco son tan relevantes, pero he notado que sí son bastante abstractas y vagas. Dependiendo del año y el lugar he devenido traidora, fracasada, adorable; forma, emanación, res cogitans. Votante, no votante. Lo normal, pues.

Quizá en esa forma tan bayunca de pensarme y sobrepensarme en categorías tan abstractas y pendejas radicaba, ahora veo, un mecanismo de protección. Nunca me había pensando como alguien corpóreo ni físico, menos como lo que estoy pensándome hoy: una persona con uñas pintadas de un morado tan oscuro que ni siquiera es cuaresmal. Más bien parece el del lomo de una cucaracha brillosa vista por alguien en LSD. Es un color bastante bonito.

El morado de las uñas responde a otra cosa en la que no reparé hasta hace segundos: hoy también fui una persona, una mujer, en huipil y falda. El vuelo de esta última se contoneaba cada vez que caminaba y muy a mi pesar: no sé si tenga el tipo de cadencia requerido para tener una falda que se mueve tanto. Pero camino y camino y la tela se mece de un lado al otro como si yo fuera una mujer con ritmo o siquiera fuera consciente de que el morado de mis uñas es casi casi el del signo de Grey Turner. De repente tengo cadencia y color. Me veo. Reparo en mí. Soy una persona que de repente tiene cadencia y color.

Hasta hace unos minutos también fui una persona con claros signos de envenenamiento: se me cerró la garganta y no podía respirar. El veneno que compré para arrasar con voluntad estalinista a la legión de cucarachas que se adueñó de las tuberías es tan efectivo que quizá también me mate a mí. El tovarich Sapolio se ha encargado de matar a variopintos bichos que cada noche reptan por los desagües hasta dar a mi ducha. Cucarachas pálidas, recién desovadas. Hambrientas. Mi gato podría matarlas, pero está demasiado ocupado pensando en la alteridad no subjetiva mientras ve por la ventana y piensa, como yo, que Ortega y Gasset es una mierda.

Pero hablábamos de mi yo corpóreo, ese en el que rara vez reparo y que ahora nos compete. Llevo en realidad casi dos meses pensándome en términos biológicos por una sucia traición del destino: fui al salón y me cortaron el pelo tan pero tan corto que al verme al espejo no me vi a mí, sino a mi abuela, la persona más repugnante del mundo mío. El espejo me dijo que soy una emanación de un ser terrible.

El largo historial de mujeres emocionalmente ineptas de mi familia, del cual huí y huyo despavoridamente cada vez que me descubro a punto de ser cerota con alguien, vino a reclamarme como una de las suyas en un minúsculo salón de Metrosur, En parte lo que más me conflictúa es que hasta mis dramas corpóreos sean proles. No dan ni para un buen post.

Pero como todas las tragedias foliculares de esta vida, la mía estaba destinada a desvanecerse con el paso del tiempo. El pelo crece. Se acolocha. Se hace canastita y se acomoda de tal modo que de repente ya no soy mi abuela, sino mi mamá. Vuelven a mí todas las categorías abstractas y payasas en las que me defino cuando me refugio. Me pienso en términos tan artificiales que no puedo estar hablando de mí. Tengo tres trabajos. Tengo un gato. Tengo 230 horas sociales. Tengo comida que he preparado con mis propias manos y que no me da reflujo ni está pasada de grasa, como la de la cafetería de la universidad. Comida que tiene sazón cuya proveniencia es indeterminada. De repente soy una persona con cadencia, color y sabor. Qué putas sucede.

En teoría, abstractamente, soy una persona funcional.

El agua cae en la ducha en cuyo piso yacen las cucarachas muertas. Las puntas morado radioactivo de mis dedos agarran un jabón de avena, rasposo al tacto, y lo pasan por mí. La categoría cuerpo me conflictúa. Siempre he querido leer la justificación para usarla, pero ahorita no puedo porque estoy en la ducha y me enjabono rasposamente. Yo que soy mi abuela y mi mamá estoy llena de avena saponificada. Yo que soy la proveedora del gato, la que no ha hecho la tarea, la que está acostumbrada a verse desde una mirilla opaca y acaba de descubrir que en realidad si se cambia de lentes podría notar que es un caleidoscopio. Res extensa de formas, colores, texturas. Alteridad no subjetiva que se da cuenta de que no es yo. Circunstancia. Quizá ya me envenené.

Entiérrenme con mis perlas apretadas contra el pecho.




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