miércoles, septiembre 16, 2015

La claridad de las 4 am

Hay algo con lo que no sé lidiar y es la ternura en los ojos de un muchacho antes de que lo destroce el mundo y le diga que sonreír, abrazar fuerte y querer mucho son cosas de niña. Me desarma de amor hasta las lágrimas y no sé por qué.

El mes pasado subieron a la cuenta de Twitter de 31 Minutos la foto de Joaquín, un muchacho de 12 años que recién había recibido un vinilo del programa. Se le ve sentado en su casa con una sonrisa tan franca y tan grandota que te distrae de ver lo que hay detrás: una andadera. Él tiene su libro y su disco en la mano. Sus cejas son sombrero de unos ojotes contentos que yo no sé manejar.

Es buen momento para decir la verdadera razón por la que nunca quise y sigo sin querer hijos: no puedo permitirme querer tanto. Sería suicida.

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Hoy hablé por primera vez en un buen rato de un dolor que cargo desde hace algunos meses.  Más que un dolor feo, violento o destructor, el mío es uno injusto, me parece. Lo que nos pasó fue injusto. Ella tuvo que irse en un bus y más que recordar la última vez que la besé o la abracé solo me veo parada contra el muro de una iglesia, intentando sostenerme para no ser la idiota que se cae en un pueblo porque se le va el corazón antes de tiempo. Eso no es justo ni para ella ni para mí. Nosotras íbamos a tener más tiempo, todo el tiempo del mundo. No es justo. Nos quisimos. Yo la quiero. ¿Cuánto falta para que deje de pesarme lo que ya no cargo adentro?

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Yo antes podía vivir con menos.
No sé si agradecer que mi vida dejó de ser tan precaria, enojarme por las cosas que ahora necesito y ya no puedo tener o simplemente estar triste.

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