martes, diciembre 29, 2015

Las prácticas de libertad de Nora Molloy

Recuerdo muy poco del año en que cumplí 15. Sé qué discos escuché, qué libros leí y cuáles me robé; también recuerdo que empecé a trabajar en una parroquia nueva, pero no mucho más. El resto está perdido en un sitio donde se esconden todos los calcetines izquierdos de mi vida.

Angela's Ashes fue uno de los libros que me robé. El otro fue Sophie's Choice, pero por dicha este post no se trata de mi amante nazi polaca y nuestro pacto suicida, así que puedo prescindir de hablar de él (fue hasta este año que supe que había película de ese libro, ¡con Meryl Streep! No me gustó). No sé por qué le tengo tanto cariño al primero; probablemente tenga que ver con el tono juguetón con el que está escrito o con el hecho de que me obligó a confrontar que mi papá era una versión de Malachy McCourt. El punto es que me lo robé de un Simán cuando yo tenía 15 años.

Uno de los personajes secundarios de Angela's Ashes es Nora Molloy, una mujer probablemente esquizofrénica que entra al manicomio cada que su marido se bebe el sueldo. Cuando lo hace, empieza a hornear pan como frenética:



Angela's Ashes es un libro muy bonito. Léalo.

La idea de los hijos de Nora Molloy corriendo por doquier cubiertos de harina me causó desde la primera vez una mezcla de risa y tristeza, especialmente porque hornear se me figura un rito doméstico de esos a los cuales la gente otorga cualidades romantizadas hasta lo patafísico. Hornear es esta cosa abnegada que las mujeres hacen por el bienestar de su familia. La patria y el cristianismo descansan sobre quien hornea pan desde las 2:30 am. Ese tipo de mierdas.

Eso me recuerda a una conversación que tuve este año sobre los roles en los que aparentemente una escritora debe caer para ser leída. Siempre, parece, hay que escribir en plan sexploitation, cual feminista de segunda ola; si no, la otra opción es escribirle madrigales a los intrincados secretos culinarios de la tía, la abuela, la madre; el clavo de olor al cocer el chocolate y su relación con los héroes del 44. La forma correcta de pelar un garbanzo y cómo esto nos lleva a la prima desvirgada en el cañal y la bisabuela ciega que no se comunica con nadie porque solo habla potón. Estos son los dos únicos caminos, parece: hablar de mi clítoris o de los patafísicos misterios culinarios de mi familia.

Pero ese es el huevo: yo no aprendí a cocinar en mi casa porque ese rito era, como todos los demás, privado. La comida aparecía mágicamente tres veces al día y no había en ella ningún componente emocional más allá de la tía que quemó el postre de Navidad por estar llorando en un balcón, mientras escuchaba una canción de Los Bukis. No hay secretos milenarios ni sororidad en la forma en que se cocinaba en las casas en que crecí; tampoco conflictos sociales reflejados en la mariscada. La comida era eso y ya. 

Es quizá esta aridez narrativa la que me hizo huirle tanto al aprender a cocinar. Nadie me enseñó, es cierto, pero yo tampoco quise aprender. Lo creía, como bordar y tejer, una de esas cosas que a una la fuerzan a aprender nomás porque nació con vulva. Nunca lo relacioné con la supervivencia propia, ni siquiera cuando mis papás se divorciaron y descubrimos a la brava que ni mi papá ni yo sabíamos lo mínimo sobre esas cosas de mujeres. Su primer intento de almuerzo fue un pollo con tomate tan insípido que nos lo comimos nomás por zurdos pendejos que consideraban vicio burgués eso de comer con gusto.

Pero heme ahora, cual Nora Molloy, con la blusa cubierta de harina. No estoy al borde de un brote psicótico, pero he preparado una pizza, medio baguette de pan con ajo y una bandeja de queiquitos con chispas de chocolate en menos de cuatro horas. ¿Estoy al borde del brote psicótico? ¿Si en vez de Angela's Ashes me hubiera robado un libro de Jane Goodall andaría ahora persiguiendo chimpancés?

Una vez alguien vino a casa y cocinó molletes, pizzas. Yo miraba fascinada la forma tan fácil en que todo se mezclaba, cómo todo parecía ser tan instintivo. Aprendí alguito, pero me seguía pareciendo un trabajal ingente cuando solo voy a comer yo. Luego alguien me dijo que cocinar relaja y me reí a carcajadas porque no había forma, asegún, de que cortar, picar, revolver, saltear y lavar trastes fuera relajante. Meses después descubrí que sí, cocinar para uno mismo es un acto de autosostenibilidad, de amor. De empoderamiento; de hacer queiquitos con chispas de chocolate a las 2 am porque te dio la gana y porque podés. Aunque terminés siendo Nora Molloy.

Mierda, estoy volando directo al rumbo del molde de las escritoras a quienes la gente lee porque ya hablé de las propiedades sobrenaturales de estar cubierta de harina a media madrugada. Voy a agarrar envión y quizá logre encontrar una forma no foucaultiana de hablar sobre mi clítoris y su relación con la prácticas de libertad, tan mal entendida por la mara que solo comprendió VAMOS A COGER CON TODOS YA (te estoy viendo, mariquez intelectualoide). Que sí, un poquito (es Foucault, o sea), pero no del todo. Me releo y no hay forma de que acabe yo Giocondabelliando. Bendito sea El Señor.

1 comentario:

ke dijo...

"Siempre, parece, hay que escribir en plan sexploitation, cual feminista de segunda ola; si no, la otra opción es escribirle madrigales a los intrincados secretos culinarios de la tía, la abuela, la madre; el clavo de olor al cocer el chocolate y su relación con los héroes del 44." ¦D Para variar de género en la cocina literaria podés divertirte leyendo al detective Pepe Carvalho de Vázquez Montalbán. Eso sí con lago para picar al lado. Abrazo.