sábado, diciembre 26, 2015

Pelona (oda folicular)

En todas mis fotos de la infancia me veo igual. Bueno, tampoco. De bebé tuve una fase punk. El liso pipil de mi pelo me hacía despertar a diario con un mohicano admirable para toda esa gente sin temor a Dios ni a las crisis sanitarias. Por Su gracia todo eso había acabado cuando cumplí un año: mi pelo, ya largo, me hacía parecer un regordete bebé japonés. Precisando, afinando, en todas mis fotos desde los 4 hasta los 11 años me veo igual: mi pelo parecía un tributo a Francisco de Asís*.


Esta foto atestigua que también pude haber tenido éxito dirigiendo la Yakuza, pero mi calcetín a medio zafar me lo impidió. Malditos chinos anal-retentivos.

Odiaba como pocas cosas que me cortaran el pelo. Nunca entendí por qué lo hacían, menos por qué me lo dejaban tan corto, tan "de niño"**. La artífice de mi desgracia era la niña Cony, una mujer eternamente cincuentona y que olía a naftalina. Su apartamento fue en algún tiempo una tienda; quedaban unas paneras y sobrecitos de consomé de pollo que quizá ya existían para cuando cayó la dictadura. Sus tetas, siempre luchando por llegar al nivel de las rodillas, estaban siempre cubiertas por alguna camiseta en tono pastel tan grisáceo como ella, como su apartamento y el polvo que le cubría. Ella me cortaba el pelo cada cierto tiempo.

Las niñas sociables de mi salón tenían el pelo largo. Todas ellas. También mis muñecas (¡tuve muñecas y sobreviví!), las mujeres de la tele y mis tías. Las mujeres de pelo corto en mi vida eran dos: mi abuela y mi mamá. Nunca entendí por qué me obligaban a seguir su rumbo de persona estoica y dura que no se podía permitir siquiera sentir el viento en el pelo. El régimen folicular norcoreano al cual me arrastraban tenía estas características: matrimonios infelices, maridos abusadores, trabajos extenuantes y alguna descendiente imprudente que no veía mayor complicación en su vida que tener el pelo tan corto que habría parecido niño de no ser por esta voz de damisela victoriana que Yahvé me dio.

Me oías hablar y se moría la ilusión del genderbending. Te he fallado, Annie Lennox.

Durante años luché con todas mis fuerzas por dos cosas: que me dejaran crecer el pelo y que ellas hicieran lo mismo con el suyo. Hay un retrato de mi abuela colgado en la pared de su casa. Es el único testimonio de una era remota en la que ella fue feliz y yeyé. Su pelo, onda B-52s, está amarrado con un listón celeste. Ríe.
De los colochos cobrizos de mi mamá solo hay leyendas de hombres desaparecidos y tirados al mar. Largos y sedosos colochos a la cintura de una mujer chele, flaca y sonriente que algún día decidió cortarse el pelo porque al fin y al cabo vivía en el puto Puerto y no jodás, qué calor. A ella la entiendo.

El tributo a Francisco de Asís que cargué en mi cabeza durante años está inmortalizado en distintos eventos: la fiesta de mi quinto cumpleaños (de la cual solo recuerdo una pelea espantosa), mi primera comunión y mi bautizo. Por dicha, para cuando cumplí 11, y por motivos que solo puedo asociar a esta idea de que las niñas "normales" tienen el pelo largo, ya tenía una melena metalera que en venideros años se teñiría de lila, azul y rojo.  Rawr. Metal.

Ya en los veinte entendí por qué mi mamá jodía tanto por dejarme el pelo corto: el susodicho es una mierda. Cuando crece y se acolocha parezco seleccionado nacional o Don King, dependiendo del largo. Lo más sensato es cortarlo, sí, pero me opuse a la idea con tal fervor que cuando hace medio año fui a cortarme el pelo y la cosmetóloga entendió mal, haciendo un Dalila total y dejándome con un corte con el cual soy idéntica a mi abuela, no pude más que cagarme de la risa.

Entonces pasó: me di cuenta de lo fácil que es lidiar con el pelo corto. Tras el afán autoritario de mi abuela y mi mamá no residía más que la pereza de complicarse desenredando, peinando a una criatura a diario a las 5 am. Años de no entender a las niñas "normales" de mi salón ya se habían decodificado: nunca quise ser ellas, sino estar con ellas *guiño guiño*. El lunes fui a cortármelo de nuevo porque ya tenía colita de seleccionado nacional. Le dije a la cosmetóloga cuán corto lo quería y dio un gritito. "¡No!" La pobrecita todavía cree que llevar el pelo corto es peor que una histerectomía, una doble mastectomía o ser solterona. Yo todo lo que quiero es no complicarme la vida y no parecer Francisco de Asís ni las mujeres estoicas de mi familia, demasiado desafortunadas al haber nacido tan pronto. Tantán.




*Mi imaginario de la infancia no incluía a los bírols, pero sí al Santoral de nuestra fe (LOL).
**Jein

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