martes, febrero 09, 2016

Teoría del autor

Yo soy yo para mí. Cargo implícita una mezcla de una confianza infinita y absoluta en mi propia capacidad con un terror profundo a eso mismo. Me veo, me oigo, me leo y soy yo, aunque a veces me cause repulsión serme a mí misma tan transparente, tan obvia, tan expuesta.

Sé por qué soy así; es una respuesta a años de ser lo que fuese que se esperaba de mí. Y eso está bien. Miles de ataques de pánico, años de depresiones profundas y variopintos comportamientos autodestructivos fueron necesarios para que yo llegase al punto en el que a lo único que le temo es a mí. Tiene sentido. Todo eso era necesario para que yo fuese yo.

Pero esa soy yo para mí. Me he empeñado cuatro años en ser lo más parecido a mí que puedo ser, a pesar de que eso signifique desenmarañar a mi yo de las fobias, las praxis y las voces de otra gente. Para ellos, seguramente soy otra persona.

Puedo esforzarme en ser yo y hablar, escribir, ser de tal forma de que no quepa duda de que hablo y soy por mí, pero la verdad es que en tanto texto estoy sujeta a las semiosis infinitas de la gente con la que debo relacionarme. Yo no soy yo para mi jefe ni para mi ex. Soy lo que sea ellos vieron en mí. Sobre eso no tengo control.

Digamos que eso está bien. A uno no lo conocen: lo interpretan. Las relaciones humanas no son más que circunferencias hermenéuticas en las cuales la gente vuelca su cosmovisión entera en otro y trata de entenderle desde ella misma. Uno nunca es uno, pues. Es la versión que la cosmovisión del otro quiere ver.

Eso no debería aterrarme, pero me aterra.

El año pasado mataron a alguien del trabajo. De repente, una persona con equis características se volvió un jarrón de virtudes; un ser sublime, impoluto, sapientísimo y serenísimo, cual pálida infanta en algún cuadro renacentista. Qué forma tan terrible de distorsionar. Qué falta de respeto al yo que alguien pasó años forjando para devenir en un obituario sacado de Marianela. Qué terror.


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