miércoles, marzo 30, 2016

Don Manuel*

Un señor me sonrió una vez. Me sonrió como sonríe la gente que cree en la gente, abiertamente, sin reservas. La sonrisa franca y grandota de un anciano kekchí, periodista comunitario. Una sonrisota enorme, sin dientes. Acababa de conocerme. Le sonreí.

El acento delata a los chapines.

"Usted es del norte de Guate". Alta Verapaz, me dijo. No supo distinguir de dónde soy yo y probablemente yo tampoco podría, pero  le hablé de la monja blanca, del camino a las Verapaces, de las tostadas de la terminal de Cobán y su sonrisa crecía con la felicidad de quien encuentra medianamente lejos a alguien que ha estado en su tierra. Me contó de la red de medios en la que trabaja. La sonrisa seguía creciendo.

Entre su pueblo y el mío juntamos un mar de sangre y una cantidad de barbaries que no tienen nombre. Lo sabía él y lo sé yo. Nunca hablamos de eso. Todo lo que yo recuerdo es su sonrisa grandota.


*No se llama así. No soy tan maje.

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