martes, marzo 08, 2016

Fe de errata

Muero de pereza solo de pensar en que escribir un 8 de marzo cuando una devino mujer implica revisar todo lo que está mal con las campañas publicitarias para este día. Muero de cólera solo de pensar en que el 8 de marzo se trata ahora de mágicas madres abnegadas y dulces, angelicales mujeres que son fuertes, pero no lo suficiente como para ahuyentar un macho; nada que ver con la lucha de las maquileras quemadas sin piedad, cuyos restos quedaron pegados a un mar de poliéster morado hace tanto tiempo ya que de eso solo sobrevivieron las mariposas y las rosas. No. Me muero.

En lugar de eso, voy a vivir y a hablar de amor.

Durante demasiado tiempo de mi vida, me enorgullecí de no ser "mujer" ni tratar con "mujeres". Eso se llama misoginia, ahora lo sé, pero entonces no lo consideraba así. Era una fuente de orgullo no poder entablar conversación con esas muchachas sacadas de una selfie grupal cualquiera. Hondamente satisfecha conmigo, tenía amigos "hombres", con quienes se puede hablar de "cosas", no como esas tontas cipotas que gastan en labiales caros (gurl, como si un labial rojo achiote que dure al menos dos horas no fuera una auténtica bendición de Jehová). En esas estaba todavía cuando empecé a reparar en un par de cosas. Me llamaba entonces feminista, sí. Quizá lo era o empezaba a serlo, pero no cuestionaba este dejo misógino de pensarme mejor que otras.

Dejemos algo en claro; yo sí soy mejor que la mayoría de los mortales. El punto es que lo soy por paloma, no porque mi expresión de género sea más o menos fuerte que la de otras mujeres. Eso no tiene nada que ver. Si bien eso no era algo de lo cual yo me ufanase, sí estaba ahí, en el subtexto: yo no soy débil. Yo no soy sensible. Yo no soy diáfana, como las otras. No soy ninguna de todas estas mierdas que se supone una mujer es. Eso me enorgullecía. Qué gran pendejada.

Algo de lo que beibi yo dijo en 2012 es cierto: no se me crió con roles de género impuestos, o al menos no lo entendí así. Mis papás quisieron hacer de mí la persona más fuerte que pudieran, sí, pero también me criaron con el miedo que pende sobre todas las personas socializadas como mujeres: los extraños, los espacios descampados, la calle, el mundo. Nunca fui, veo ahora, la cría andrógina que yo creí ser.

Pero toda esta ansiedad de probarme más fuerte, más lista que otras llevaba en sí un dejo de lo que ahora sé es misoginia: las otras mujeres no son mi competencia. No por ser tales, al menos. Las otras fueron socializadas en el mismo espacio brutal en el cual crecí yo. A ellas también les rozó el pene un profesor antes de cumplir 12 años. Ellas también aprendieron a sentirse incómodas con sus propios cuerpos mucho tiempo antes de saberse seres sexuales. Algunas de ellas quizá pasaron años sin saberse lesbianas, o incluso hombres, porque todo el deseo está abordado socialmente desde y para la heterosexualidad y la reproducción de la especie. Y para eso sirve eso que tengo entre las piernas: para coger con un vato; para parirle un bicho.

Pero esto es una historia de amor, dije. Una de compañeras, de cipotas de la edá diuno que  se juntaron con vos en un foro sobre aborto y decidieron invitarte a una asociación feminista. Una en donde la primera vez que trabajaste, pensaste, te viste entre mujeres y te sentiste cómoda fue a los 23. Una en que vas a un taller y una desconocida te abraza con profundidad porque ella y vos pelean por las mismas cosas y están ahí para conocerse, respetarse, y hacer lo más revolucionario que puede hacer una mujer: pensar con otra.

Una historia de amor, sí. De cómo una serie de mujeres enormes, fortísimas en sus vulnerabilidades y dadivosas en sus saberes han ido haciendo mi vida la red de solidaridad que es hoy.

Ahora soy capaz de admitirme que no fue sino hasta después de los 23 que pude entablar amistad con mujeres. Las anteriores eran más bien convivencias prolongadas, pero siempre entintadas por esta necesidad maldita de probarme más que otra. De sentirme perpetuamente menos que otra; menos lista, menos sociable, menos deseable. Menos. Siempre. Ahora tengo amigas, mujeres con quienes hablo, leo, discuto, pero sobre todo respeto porque reconozco todo lo que han superado y puedo ver todo lo que les queda por hacer.

Mi vida ahora es una tórrida historia de amor con madres solteras, mujeres casadas que no quieren tener hijos, activistas, escritoras, artistas, mujeres trans; alguna ex, incluso. Mujeres vivas y muertas. Mujeres heterosexuales, bisexuales o lesbianas; mujeres que no se sienten amenazadas por otras, sino que ven en ellas la oportunidad de construir, de tejer, de hilvanar saberes, experiencias y ayudar a crecer a otras. Mujeres dispuestas a crecer juntas.

Gracias a ellas y a lo que hicieron en mí es que pude saber qué se siente entrar a un salón de clases y ver en otras mujeres a posibles aliadas. Construir alianzas con ellas en un saber tan absurdamente masculino como la filosofía. Jamás habría tejido redes solidarias con ellas de no ser por lo que había aprendido, por lo que sigo aprendiendo ahora. Nunca. Y eso significaría que seguiría yo perpetuando un problema gravísimo. También fue gracias a esa experiencia, y a la inclemente mano de Carolina Flores Hine en mi existir, que cuando me tocó a mí facilitar saberes busqué la forma de que fuese lo más horizontal e inclusiva posible. Funcionó. Y me ha dejado marcada la vida.

Fue una mujer, amiga de una amiga, quien me dio la oportunidad de salir de mi casa. Ella no lo sabía entonces, pero gracias a su espontáneo gesto pude tener un espacio en donde empezar a ser yo. Antes de ella, la Caro había traído a mí a Virginia Woolf y la necesidad de tener una habitación propia. Le siguieron jefas, otras escritoras que en lugar de afianzarse en el nicho, aprovecharon su posición para abrirme espacios. Fue una mujer trans quien me abrió los brazos y los de su organización cuando yo acababa de asumir la dimensión política de mi mariquez. Vinieron otras feministas, siempre tan dispuestas a ir desmantelando en colectivo, a compartirse machetes, piochas, palas. Lo que sirva para ir deconstruyendo. Vino, en resumen, la sororidad. Un minibatallón de mujeres que creyó en mí porque yo creo en ellas. Y así se nos va la vida, pensando, construyendo, discutiendo juntas. Compartiendo libros. Hablando de abusos. Llorando de rabia. Dándonos la mano.

1 comentario:

Claudia R. dijo...

"Hablando de abusos. Llorando de rabia. Dándonos la mano"... yo agregaría cantando, resolviendo, riéndonos a carcajadas. Cómo has crecido. Y qué alegría tu honestidad y autenticidad. Y qué paz da tener estas redes de solidaridad.